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Mendoza; miércoles, 22 de octubre de 2014, 04:55 hs

Cañon del Atuel

Aguas arriba de la presa Valle Grande podemos internarnos en el Cañón del Atuel, presencia viva de los orígenes del mundo, que el viento y la lluvia, cual cincel y martillo en su continua batalla con la roca, descubrieron sus entrañas conformando las más variadas esculturas naturales, como:

Museo de Cera, Sillón de Rivadavia, EL Lagarto, Los Viejos, Los Monstruos, La Ciudad Encantada, El Mendigo, Los Jardines Colgantes, etc., por mencionar solo algunos.

Y el río en su vertiginosa caída encierra una inmensa potencia que brinda al hombre, para generar la energía que el país a diario necesita. Dos lagos artificiales contribuye a realzar la belleza dentro del cañón, Aisol y Tierras Blancas.

Es así como encontramos el complejo hidroeléctrico denominado Los Nihuiles, que con sus tres centrales generan una potencia de 260.000 Kw/h.

Leyenda del Cañon del Atuel

En el sur de la actual provincia de Mendoza vivía la tribu del cacique Talú. El padre de Talú murió cuando este era aún muy joven, pero a pesar de su corta edad supo asumir su rol y gobernar a su pueblo con sabiduría.

La vida de la tribu era pacífica y feliz, pero una gran sequía comenzó a azotar la región. Los ancianos y los niños más pequeños fueron los más afectados por la falta de agua, y pronto se dieron las primeras muertes. Sin dudar un instante, Talú reunió a sus hombres y partió con ellos en busca de agua para su pueblo.

En varias ocasiones recorrieron territorios por los que nunca antes habían transitado, pero sólo encontraron tierra reseca y cuarteada por el sol abrasador. Durante una de estas expediciones Talú conoció a una bella muchacha que vivía sola en un valle. El joven cacique habló con ella y decidió llevarla a vivir con su pueblo, al que ella no tardó en integrarse. Un profundo cariño nació entre ambos, y ella le confesó que su nombre era Clara, era huérfana, y había vivido sola en el valle durante años. Luego de varios meses decidieron casarse, y poco tiempo después nacía un bello niño al que llamaron Atuel.

Pese a la profunda alegría que les provocaba el nacimiento de Atuel, los miembros de la tribu no festejaron porque la prolongada sequía ya se había cobrado la vida de numerosos niños y ancianos. Los hombres blancos no tardaron en enterarse de la desesperante situación, y decidieron atacar para tomar control de los territorios. Los combates fueron feroces, pero los debilitados indios finalmente fueron vencidos, y todos los hombres de la tribu, incluido Talú, fueron asesinados. En medio de la confusión, Clara pudo esconderse con su hijo recién nacido, y cuando los hombres blancos finalmente abandonaron el lugar, sólo dejaron viudas, huérfanos y algunos hombres agonizantes.

Clara tomó entre sus brazos al pequeño Atuel y se encaminó hacia las altas montañas, allí donde cae el sol. Ascendió hasta una de las cumbres y rogó a los dioses que enviasen agua para que los sobrevivientes de la tribu pudiesen salvarse. Pasaba el tiempo y nada ocurría, así que Clara decidió ofrendar su vida y la de su hijo a los dioses. Al momento de morir, cada uno dejó caer una lágrima, y de ellas brotó un caudaloso río que se abrió paso por la tierra reseca hasta llegar a la aldea.

Las mujeres dieron de beber a los niños y, luego de mucho tiempo, volvieron a oírse risas en la aldea. Las más ancianas buscaron a Clara y su hijo, pero al no encontrarlos comprendieron que ellos eran los causante s de aquel milagro.

El río trajo nuevamente la vida al lugar, y por las noches su corriente arrullaba a la aldea con un sonido especial, parecido al llanto de un niño. Todos comprendieron que esas aguas conservaban el espíritu de Atuel, y así decidieron dar al río el nombre del pequeño heredero.